jueves, 10 de mayo de 2018

El autómata

Esta es la historia de un hombre que no era capaz de tomar sus propias decisiones. Tenía la voluntad atada de pies y manos y un dispositivo automático para decir sí y para decir no. A veces sus deseos coincidían con sus respuestas y por un tiempo era feliz, pues se sentía dueño de sus actos. En otras ocasiones su voluntad era contraria a la palabra dada, se resistía y mordía su lengua pero nada podía evitar que finalmente su ser automático hablara. Se hallaba esclavo de sí mismo y gritaba en su interior. 

Con el tiempo descubrió que por las mañanas el dispositivo no funcionaba correctamente. Recién levantado de la cama, antes de darse una ducha o de tomar el primer café, el mecanismo seguía también, en cierto modo, dormido. Empezó a tomar pequeñas decisiones: cacao en el desayuno, una camisa de franela, leer un libro, pintar un cuadro. Su libertad era breve, nunca llegaba a la hora de duración, pero le daba fuerzas para soportar la jornada. 

Una mañana, en el acto cotidiano de afeitarse el rostro, tuvo un arrebato y decidió seguir con la cabeza. Los rizos caían al suelo como un presagio de las lágrimas que vendrían después. Pagó caro este impulso, encerrado varios días en sí mismo culpándose por su absurdo aspecto. Triste y solo se acariciaba la cabeza compasivo, como haría una madre con su hijo, cuando de pronto encontró bajo la nuca, en el punto en que se unen la cabeza y el cuello, un bulto de tacto extraño. Aprensivo, fue a por un espejito de mano y se observó con detenimiento en el espejo del recibidor. Encontró media esfera del tamaño de la cabeza de un alfiler y de un intenso color verde, con un anillo metálico alrededor. Parecía un botón. Era tan pequeño que con su frondosa cabellera nunca lo había notado. Con un poco de miedo lo accionó. El ruido del mundo se apagó y pudo empezar a pensar por sí mismo.

lunes, 30 de abril de 2018

El cierzo del Ebro

Las llamamos montañas porque avanzan tan lentamente que es imposible verlas en movimiento. Pero si prestas atención observarás que cada pocos días cambian de posición y, tras varias semanas, de lugar. Su gran tamaño hace difícil comprender su estructura pero tienen cabeza y tronco como nosotros, y cuatro extremidades. Las dos inferiores las alternan para avanzar, las superiores las utilizan para coger el alimento y llevárselo a la boca. Mira esa montaña de allí. Hace unos días la vi junto al pueblo. Se está desplazando y parece que se aproxima al río, un lugar propicio para nuestro cometido porque las montañas acuden allí a relajarse. Ve hacia ella y comprobarás que no se inmuta a menos que la toques o remuevas el aire en su oído con insistencia. Síguela. Ya sabes lo que tienes que hacer.

El joven aprendiz agitó al unísono sus ocho tentáculos para impulsar el aire hacia atrás y avanzar rápidamente. Planeó esquivando sin dificultad a los lentos insectos con los que se cruzó, hasta coronar la montaña. Y se dispuso a esperar durmiendo entre los cabellos del gigantesco ser.

Una semana después la montaña reposaba en la orilla, sus extremidades como troncos plantadas en el agua. Recordó haber estudiado que estos seres extraordinarios son capaces de nadar las peligrosas aguas de la tierra que arrebatan la vida de los suyos y que, sin embargo, no saben surcar el aire por sus propios medios. Se acercó a su oído e hizo piruetas. Atravesó la maraña del brazo y pellizcó la carne. Se introdujo en su boca y se frotó con la campanilla. Revolvió con ímpetu los largos cabellos arraigados en la cabeza. La montaña no reaccionó pero al finalizar la jornada parecía que empezara a levantar una mano. No acababa de entender por qué sus compañeros encontraban divertido molestar a las montañas. Aunque se conocieran las técnicas el procedimiento requería paciencia y constancia. Se sentía tonto y terriblemente cansado.

Por fin, tras varios días, la montaña se alejó. El aprendiz buscó entre la hierba y tuvo suerte: encontró una pieza de metal perdida. Envió un mensaje mental y su maestro acudió con varios ayudantes. Entre todos recogieron el redondeado objeto y lo llevaron a un lugar seguro. Una extraña inscripción en relieve decoraba las dos caras del disco que brillaba intensamente bajo la luz del sol. ¡Bien hecho! Te pondré una buena nota. Aún no hemos descubierto la utilidad de estas lunas artificiales pero años de observación y estudio del comportamiento de las montañas nos hacen pensar que son objetos mágicos de gran poder, quizá la fuente de su inmortalidad.

Y las criaturas continuaron su camino por el valle del Ebro, provocando a su paso el fuerte viento que los habitantes de esta región denominan cierzo.

lunes, 9 de abril de 2018

Indecisiones

Por la mañana nieva despacio.
Una fina neblina oculta el monte.
Un silencio hueco me envuelve entre plumas.
Miro al cielo que esconde,
los copos que no acaban de caer,
y el mundo se detiene a su vez.

Por la tarde el sol se abre camino
y con él el agua en la tierra.
Como un conejo escarba su madriguera
y aflora en cascadas con furia.
Huele a polen, resina y savia.
Se destierra el invierno de la montaña.

Al día siguiente vuelve a nevar y nieva
con fuerza tres días más y nieva
sin pausa aunque estamos a mediados de abril.
Parece que este año
se ha quedado dormida la primavera.

La naturaleza duda, se equivoca,
rectifica y sigue adelante.
Por eso es más sabia y longeva que nadie.

viernes, 6 de abril de 2018

Sueños celestes

Saltan los niños.
¡Vuelan!
Hacen girar
bolas de arena.
Suenan
flautas celestes.
Besan la luna
bajo los dientes.
Sienten...
sangrar las estrellas.
Ruedan al cielo
sin dejar huella.
Gravitan
las lágrimas de la tierra.

jueves, 5 de abril de 2018

La burbuja

¡Sigue adelante! ¡No te pares! Su yo pasado no puede oírle pero ella grita sus advertencias igualmente. ¡Si la coges todo cambiará! Hazme caso, ahora todo es muy malo. Gimotea, pero ya la niña se está agachando. Alarga los dedos para tocar un objeto del suelo y al instante todo se vuelve negro. ¡Noooo! Grita la niña, en el sueño y en la realidad al mismo tiempo, tan alto que se despierta.

El sueño se repite a diario desde que llegó. Se ve a sí misma recorrer el callejón que ataja el camino hasta la escuela y detenerse a recoger una muñequita del suelo. No sabe con seguridad qué sucedió a continuación. Sólo recuerda despertar en la oscuridad en la que sigue encerrada, con la muñequita en la mano, la mano agarrotada.

Llama y llama, a mamá, a papá, al hermanito. Nadie acude, aunque pronto descubre que no está sola. Una rata acude a comerse las sobras de la comida. Oye sus patitas correteando por el suelo, sus dientes rasgando y masticando. No sabe quién trae el agua y el alimento, aparecen sin más, y ella come cuando se cansa de llorar. Sabe peor que la comida del colegio, pero calma el dolor del estómago y le permite dormir, escapar de allí aunque solo sea por un breve periodo de tiempo. Cree que si consigue cambiar el sueño cambiará la realidad. Soy una boba, llora, abrazada a la muñeca de trapo.

Un día la muñeca le habló:
—¿Qué hacemos aquí?
—No lo sé, alguien me trajo.
—¿Por qué?
—Porque me detuve a recogerte.
—Lo recuerdo, y te lo agradezco. Estaba muy sola en ese callejón. Ahora nos tenemos la una a la otra.
—Sí, es cierto, pero si hubiera seguido mi camino ahora no estaría aquí.
—¿Y dónde estarías?
—No estoy segura, en casa, o en la escuela, como todos los días.
—¿Y preferirías estar en un lugar incierto a estar aquí conmigo? No lo entiendo. Esto no está tan mal. Tienes comida, cama, techo, calor y compañía. ¿Qué más quieres?
—Quiero lo que tenía y lo que iba a tener. Ahora ya no sé qué esperar.
—Prueba a querer lo que tienes ahora, es lo único seguro.
Y la niña probó.

Descubrió que la comida no era tan mala, si comía antes de que se enfriara. No se había fijado en que su cama era mullida y acogedora como un abrazo, además de una excelente colchoneta elástica para saltar. Hizo amistad con la rata, que lamía sus lágrimas, dormía en su regazo y jugaba con ella al escondite. Un día, buscando al roedor por debajo de la cama, se dio cuenta de que en las tablas de madera del suelo había todo un mundo de marcas, grietas e imperfecciones. Pasaba horas deslizando los dedos por la superficie intentando descifrar las inscripciones. Tras cierto tiempo aprendió el idioma de la madera y las dos mantenían interesantes conversaciones. Su nueva amiga le reveló que su burbuja era de cristal y que si lo deseaba podía romper la pared y escapar. Solo tienes que coger una de mis tablas y golpear muy fuerte.

A la luz de esta nueva información, la mujer meditó qué hacer y llegó a la conclusión de que ya no quería huir. Era completamente feliz por primera vez en su vida y su determinación obró la magia que faltaba: la esfera se iluminó como una bombilla revelando la habitación más hermosa que había visto jamás. Todo estaba hecho de cristal o de algún material transparente. El cabecero y las patas de la cama parecían estalactitas pero eran cálidas al tacto, las sábanas eran como nubes de algodón enredadas en cascadas de agua, y a través de las paredes de cristal ahora podía ver el exterior: una pradera con árboles y flores, un lago y muchos animales. Descubrió que había una claraboya en el techo y que si se subía a la cama y saltaba como cuando era niña, podía agarrarse al borde y salir con facilidad. Eso hizo, y el salto le produjo una gran alegría. Mientras paseaba se acordó de la muñequita, hacía mucho tiempo que había desaparecido. Volvió a la habitación y aprovechó la luz para buscarla. Aunque registró a fondo la estancia, los pies de la cama y los espacios secretos bajo las tablas sueltas del suelo, no la encontró. En su lugar y para su sorpresa, halló la inspiración, y se dio cuenta de que no necesitaba nada más.