domingo, 19 de noviembre de 2017

jueves, 16 de noviembre de 2017

Letras de piel

Cuando las letras son de piel
sangran
porque están vivas;
queman y alivian
porque se llevan
una parte del poeta:
nacen de su rabia,
reflejan su tristeza,
expresan su alegría
y exudan el miedo que guarda
en sus entrañas.
Las palabras son para el poeta
una fuente de orgullo...
y una pizca de vergüenza.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Feartiger

Un tigre sensible y resentido se oculta en una cueva en una pradera boscosa. Se siente medio perro, medio pájaro, pero su aspecto endeble, como disecado, no responde a ligre ni a tigón. Pobre félido panterino mamífero carnívoro, aunque tigre no es rápido ni fuerte ni excelente nadador. No recuerda cómo ser tigre y se siente tan ridículo e informe que decide que bajo ningún concepto volverá a salir al exterior.

Se escucha el sonido de un río cercano que canta entre risas a las piedras que pisa. Varias veces al día cruzan tigres solitarios por delante de la cueva. Su hedor les delata. Se dirigen a beber al río y el ermitaño observa con envidia su musculatura, sus saltos, su valor. Un rugido borboteante brota del interior de su garganta pero el breve murmullo se disipa sigiloso y sosegado hasta el silencio; hace tiempo que ser territorial dejó de ser un deber acuciante. El tigre se siente solo y triste como un perro abandonado, es su alma floresta devastada en peligro de extinción.

Aburrido de su cautiverio autoimpuesto centra la mirada en su pelaje que le recuerda a los surcos de un campo de trigo arado al sol. Cómo desearía saber volar, piensa, podría contar las líneas de la tierra; y al imaginarse a vuelo de pájaro descubre que su piel tiene exactamente cien rayas. Le parece un número hermoso y decide observar cuántas tienen los demás tigres. Qué sorpresa averiguar que cada individuo tiene un número de rayas distinto y una disposición particular. Unos días después llega a la conclusión de que no hay un tigre igual a otro, cada uno tiene un patrón único, un camuflaje propio. Emocionado y aliviado por ser tan diferente como los demás, se atrevió por fin a dejar la cueva y a ser, sencillamente, él mismo.

Un tigre camina en la oscuridad con el corazón lleno de estrellas.

Inspirado por el relato Dreamtigers de Jorge Luis Borges.



Dreamtigers
En la infancia yo ejercí con fervor la adoración del tigre: no el tigre overo de los camalotes del Paraná y de la confusión amazónica, sino el tigre rayado, asiático, real, que sólo pueden afrontar los hombres de guerra, sobre un castillo encima de un elefante. Yo solía demorarme sin fin ante una de las jaulas en el Zoológico; yo apreciaba las vastas enciclopedias y los libros de historia natural, por el esplendor de sus tigres. (Todavía me acuerdo de esas figuras: yo que no puedo recordar sin error la frente o la sonrisa de una mujer.) Pasó la infancia, caducaron los tigres y su pasión, pero todavía están en mis sueños. En esa napa sumergida o caótica siguen prevaleciendo y así: Dormido, me distrae un sueño cualquiera y de pronto sé que es un sueño. Suelo pensar entonces: Éste es un sueño, una pura diversión de mi voluntad, y ya que tengo un ilimitado poder, voy a causar un tigre. ¡Oh, incompetencia! Nunca mis sueños saben engendrar la apetecida fiera. Aparece el tigre, eso sí, pero disecado o endeble, o con impuras variaciones de forma, o de un tamaño inadmisible, o harto fugaz, o tirando a perro o a pájaro.
Jorge Luis Borges. El hacedor

domingo, 5 de noviembre de 2017

Mi lugar

Mi sitio favorito del universo
es esta casa si estás conmigo.
Son tus brazos el lugar que elijo
si tu alma alumbra de risas el reverso.
Dónde estás luz de mis ojos, abrigo sempiterno.
Abstraigo el mundo y solo importa
el sentimiento.

lunes, 30 de octubre de 2017

Vampira

Me acuerdo del verano que viví a oscuras. Todo empezó con la visita molesta de un dolor de cabeza. Sin motivo aparente me venía a ver a diario. Unos días se presentaba antes de desayunar; otros, comíamos juntos. A veces se quedaba a cenar y hasta se venía a la cama conmigo. Al principio fui educada y le presté toda mi atención:
—¿Le apetece un café, té, pastas?
—Ibuprofeno, por favor.
—Échese y póngase este pañuelo con colonia en la frente.
—Se lo agradezco, pero necesitaré también oscuridad y silencio.

Tan cómodo estaba el dolor de cabeza que no había forma de que se marchara. Llegó un momento en que tuve que ignorar su presencia y retomar mis actividades pero no me podía concentrar. Decidí pedir ayuda profesional y me decanté por la opción más natural: la homeopatía. Mi cabeza se lo tomó como una traición: me castigó con un incremento de los síntomas y me volví intolerante a la luz. Acudí a oculistas, neurólogos y otros especialistas. No encontraron nada anormal.
 —Los rubios sois muy sensibles al sol —dijo el único que se atrevió a dar una explicación—. Te recomiendo usar gafas polarizadas y comprar un gran sombrero de paja.

Llegó el verano y no podía salir de casa en las horas de luz. Vivía con las persianas bajas y me acostumbré a hacer cosas con la lámpara apagada porque tampoco soportaba la luz artificial. Empeoré hasta el punto de no poder usar el ordenador, leer, ver películas ni hacer nada que requiriera luz natural o artificial. Salía a pasear por la noche intentando evitar las farolas y los faros de los coches. Escuchaba música si me lo permitía la intensidad del dolor de cabeza, o me dedicaba a pensar, nada bueno dada la situación. Recuerdo el profundo temor a quedarme ciega.

En septiembre volví a buscar ayuda y un médico hizo un acertado comentario:
—Esto ha de producírtelo algún medicamento. ¿Qué tomas?
—Nada. Tan solo una medicina homeopática: Hepar Sulphur.
—Eso no puede ser la causa. La homeopatía es placebo. Tiene que ser otra cosa.
—Pues no tomo nada más.

Me fui a casa sin diagnóstico pero una idea quedó rondando en mi cabeza. ¿Si soy alérgica a la miel y a los frutos secos, no podría serlo también a un producto homeopático, aunque se considere medicina natural? Llamé a mi homeópata y le pregunté si podía ser ésta la causa de la fotofobia y me dijo que no, pero que incrementara la dosis, que cuando los síntomas empeoran es que la medicación es la adecuada.

Decidí seguir mi instinto y dejé la medicación. A los pocos días empecé a notar mejoría. Al mes pude volver a salir de casa aunque tardé un año en hacerlo sin gafas de sol. Todavía soy sensible a las luces intensas: configuro las pantallas con el brillo mínimo y me siento siempre de espaldas a la ventana. Para colmo me dedico a la fotografía que, como su propio nombre indica, es la escritura o dibujo con luz. Soy una fotógrafa fotofóbica. La vida tiene un curioso sentido del humor.

domingo, 29 de octubre de 2017

Me acuerdo

Me acuerdo de ser pájaro.
Me acuerdo de sentir que tenía una edad infinita.
Me acuerdo de repetir mi nombre en voz alta hasta desaparecer.
Me acuerdo de la crema de calabacín que otorgaba superpoderes.
Me acuerdo de que rescaté a un oso panda de morir ahogado.
Me acuerdo de un zoológico con mi nombre y animales de cristal.
Me acuerdo de los caracoles que sólo sabían hablar catalán.
Me acuerdo de las pesetas con la cara de mi abuelo.
Me acuerdo del collar de dientes que guardo en un huevo Kínder.
Me acuerdo de los esqueletos que vivían en la oscuridad.
Me acuerdo del peinado con el que casi me abren la cabeza.
Me acuerdo de cuando mi pie izquierdo se volvió transparente.
Me acuerdo del conocimiento que en un niño se considera hipocondría.
Me acuerdo de que me enamoré del personaje de un libro.
Me acuerdo de la lluvia de estrellas que me quedé sin deseos.
Me acuerdo del nombre que no me dieron mis padres.
Me acuerdo de la confitería mágica oculta en un pasillo.
Me acuerdo de la vez que vengué una muerte con miel.
Me acuerdo de mi gato atacado por docenas de picarazas.
Me acuerdo de huir del amanecer cargando con un colchón.
Me acuerdo de los dragones en mi interior.
Me acuerdo de la noche en que llevamos a un amigo a cazar gamusinos.
Me acuerdo de la escalera de caracol por la que me caí más de cien veces.
Me acuerdo de las muertes a las que se expone un pintor clasificadas por colores.
Me acuerdo del elfo doméstico que aguardaba en mi recibidor.
Me acuerdo del sueño surrealista que se hizo realidad.
Me acuerdo de Elaine Morgan cada vez que me baño en el mar.
Me acuerdo del verano que viví a oscuras.
Me acuerdo de la belleza dolorosa de los paisajes de Noruega.
Me acuerdo de reencontrarme y seguir perdida.
Me acuerdo de lo que no quiero recordar.

domingo, 22 de octubre de 2017

Hipocampo

Esta mañana he encontrado un caballo en mi bañera. No sé cómo ha podido llegar hasta un sexto piso sin ascensor si la escalera es tan estrecha que al subirla te mareas. Lo observo desde la puerta: en la bañera entra a duras penas. Mantiene las cuatro patas juntas para no tocar la loza y el cuello, doblado en mi dirección, roza el techo con la crin. Su respiración ha empañado el espejo. Tiene unos hermosos ojos tristes, tan negros como el cuerpo terso y musculoso que tiene la apariencia de un volcán momentos antes de entrar en erupción. Me da un poco de miedo porque el caballo parece más asustado que yo. Quisiera acariciarle pero al acercarme se inquieta. Sus relinchos retumban por toda la casa y los vecinos al mediodía han llamado a mi puerta. He probado a darle de comer pero ha rechazado las manzanas Golden y las zanahorias ecológicas. No sé qué hacer. Se está comiendo mi esponja de mar natural y era nueva. Se me ocurre abrir el grifo para forzarle a salir pero el caballo, al contacto con el agua, se transforma y se relaja inmediatamente, se convierte en sol y brisa, en la imagen misma de la felicidad. Bucea y salta como si fuera un delfín. Juega a perseguirse la cola, cabriola y me salpica. Repliega los belfos y puedo ver su dentadura. Creo que se está riendo de mí. Al anochecer, cansado de nadar, recupera su forma original y me pide amablemente la pastilla de jabón. Se la acerco y la coge entre los dientes pero se le cae al fondo de la bañera con tan mala suerte que la pisa, se resbala y cae de lado sobre mí mientras el agua se desborda sobre las baldosas floreadas como una cascada en primavera. Aplastado bajo el peso del caballo, el aire me rehúye y el impacto del agua me hace recordar que no sé nadar. Entro en pánico. Mis pulmones son una charca donde naufraga mi conciencia y el baño inundado se convierte en un océano. Me hundo en el abismo entre algas, peces y coral. El caballo marino acude al rescate a gran velocidad impulsado por sus aletas y cola pisciforme, me arrastra fuera del agua y me hace el boca a boca. El aire fresco sabe a una mezcla de sal y jabón. Abro los ojos temblando y miro a mi alrededor desconcertado. La falta de oxígeno ha dañado mi hipocampo y no recuerdo dónde estoy ni por qué hay un caballo a mi lado.